Tarde complicada en La Verneda. El Júpiter cayó por 0-2 ante la Pobla de Mafumet en un partido que dejó una sensación clara: el equipo quiere combinar, quiere mandar, quiere ser protagonista… pero algo se rompe siempre en el momento decisivo. Y cuando eso pasa, la frustración pesa como una losa.
El choque empezó torcido desde el primer suspiro. En el minuto 2, David Cabezas Mensah cazó una jugada rápida y silenció a la grada con el 0-1. Tan pronto, tan fácil, tan cruel. El Júpiter no había tenido ni tiempo de asentarse y ya iba contracorriente. Y a partir de ahí, tocó remar.
Los grisgrana trataron una y otra vez de construir juego desde atrás, de enlazar pases, de encontrar a la gente entre líneas… pero cada intento parecía morir en el mismo punto: o una imprecisión, o un control largo, o una presión rival que te obliga a volver atrás. El equipo quería, pero no podía, y esa impotencia se notaba en la grada y en los propios jugadores, que a ratos gesticulaban buscando soluciones.
La Pobla, sin hacer nada especialmente vistoso, jugó con oficio. Bien colocados, sin regalar espacios, esperando la pérdida justa para salir disparados. A cada transición visitante, el Júpiter tragaba saliva. A cada intento de ataque local, la jugada se diluía como arena entre los dedos.

En la segunda parte, el guion fue parecido pero más emocional: el Júpiter empujó más por orgullo que por claridad. Hubo momentos en los que parecía que el empate podía caer por pura insistencia, pero faltaba esa chispa, ese último pase, ese desmarque que abre un partido cerrado. Y cuando un equipo se vacía sin premio, el golpe final duele más.
Y llegó. En el minuto 89, Nicolás Aguzzi Bettini aprovechó un desajuste defensivo y firmó el 0-2, dejando a La Verneda helada y al Júpiter con la sensación de haber hecho un esfuerzo enorme para acabar igual que empezó: bloqueado, impotente y sin recompensa.
La Pobla se lleva tres puntos merecidos por eficacia y orden. El Júpiter, en cambio, se queda con esa mezcla amarga de frustración y dudas: el juego aparece a ratos, pero no termina de cuajar. Falta continuidad, falta claridad y, sobre todo, falta transformar todo el esfuerzo en ocasiones reales.
Aun así, la afición respondió como siempre: con aplausos, con ánimos y con ese murmullo de “va, que algun dia entrarà” que define perfectamente lo que fue el partido de hoy.
