Hoy en Mestalla se ha sentido por enésima vez esta temporada la impotencia de ver cómo un equipo diseñado para pelear por todo no es capaz de generarle peligro al equipo que marca las posiciones de descenso en LaLiga. Cada vez que el arbitro pita el inicio de un partido se reafirma la creencia de todo el madridismo, «así no vamos a ningún lado«.

En el campo está todo mal (con contadas excepciones), es un equipo con una fragilidad defensiva gigante por una falta clara de contundencia, es incapaz de sacar el balón, los defensas no tienen ni ideas ni movimientos por delante para dar opciones de pase. En tres cuartos de campo hay muchas similitudes a un partido de balonmano, mucho pase horizontal de lateral a lateral pero sin movimientos entre líneas o pases filtrados. Todo lo maquilla un Mbappé que lleva una temporada que se escapa de toda lógica con más goles que partidos. Pero lo que pasa en el césped es solo consecuencia de lo que sucede entre bambalinas.
El club blanco ha perdido algo fundamental para todo proyecto ganador, una jerarquía clara. El hombre con más poder debe ser el que está en el palco, el presidente, porque es el que ha sido elegido por el dueño (los socios en el caso del Madrid) y es el que tiene la potestad de despedir a todos los demás y es el primer culpable de la situación del club. En la pirámide de poder debería seguirle el entrenador, responsable de los resultados deportivos y encargado de gestionar el vestuario, que ocuparía el último escalón y no debería tener ningún peso en las decisiones (como mucho el capitán en casos excepcionales).

Pero en el Madrid esta pirámide de poder es de todo menos un ejemplo a seguir, con la destitución de Xabi quedó en evidencia los plenos poderes del vestuario, jugadores como Fede Valverde o Vinicius Junior controlan el club, mientras el entrenador está en tierra de nadie, Arbeloa defiende a ultranza al presidente y da minutos a los jugadores poderosos y sus amigos (es la única forma de explicar los minutos de Camavinga). No tiene ninguna capacidad para sentar a jugadores importantes o subir el nivel de exigencia porque, si no, ya conoce su destino, buscarse otro equipo.

Esto seguirá así hasta que Florentino decida volver a coger las riendas del club, escenario difícil viendo el tiempo que le puede quedar de mandato, o que haya elecciones y cambie el hombre que ocupe su puesto. Mientras tanto habrá que aguantar como estos jugadores viajan por España y por Europa ganando partidos únicamente por el peso del talento pensando que con eso les dará para hacer cosas grandes, cuando ya se ha visto que hace mucho que a esto no se le puede llamar «equipo«.
