No hay nada más bonito que volver a un sitio en el que llevabas mucho sin estar y echabas tanto de menos. Como el chico que se va a trabajar al extranjero y regresa a casa por Navidad. Es uno de los mejores sentimientos que puede tener una persona. Ese sentimiento lo tuvo el pasado domingo la afición del Deportivo de A Coruña.
El Dépor, aquel club que maravillaba al mundo en los años 90 y 2000, siendo todo un campeón de Liga y Copa y semifinalista de Champions League, regresó a Primera División tras ocho años en el barro; cuatro en Segunda División y otros cuatro en la tercera categoría del fútbol español.
La tarde del domingo será por siempre recordada por todo el deportivismo como el día en que el Deportivo regresaba al lugar que le pertenecía, la élite del fútbol español. Pero lo que ocurrió en Valladolid no fue un simple ascenso. Fue mucho más que eso.
Fue la alegría definitiva que cerraba un ciclo lleno de tristeza y frustración para una afición que siempre ha estado al lado de su equipo. Y lo del pasado 24 de mayo fue una prueba más de la lealtad de la afición deportivista, tras ver a más de 7.000 deportivistas, con o sin entrada, se desplazaron a la ciudad vallisoletana para vivir el ascenso a Primera del equipo de sus vidas.
No tendría problema en hacer un análisis futbolístico de lo que fue el Real Valladolid 0-2 Dépor, con ese doblete de Nsongo Bil, un chico que hace unos meses estaba jugando Segunda Federación con el filial herculino. Pero ahora mismo, no me sale. Lo único que me apetece es hablar del aspecto emocional que supuso este ascenso para toda una ciudad.
Una ciudad que respira fútbol como A Coruña, que vivió en estos últimos ocho años un descenso a Segunda tras una temporada nefasta, remontadas traumáticas en play-offs de ascenso contra Mallorca, Albacete o Castellón, e incluso un descenso a 2ªB sin tener ni siquiera la oportunidad de jugarse la permanencia en el campo. Pero las lágrimas de alegría que vertían los deportivistas en el interior y los alrededores del José Zorrilla confirmaron algo que puede sonar fuerte decirlo, pero muchísimos lo sienten: ha valido la pena.

Hay una frase que muchas veces escuchamos y no puede resumir mejor los últimos tiempos del Deportivo: porque hay veces que hace falta tocar fondo para regresar con más fuerza. Y en una afición tan grande como la del Dépor, estos últimos años han servido para que, el que no lo tuviera del todo claro, se diera cuenta de que el deportivismo es un sentimiento que va más allá de categorías.
Es un sentimiento que va dentro de todos y cada uno de los que lo tienen, y que pase lo que pase siempre estará ahí. Porque el amor por el Dépor es incondicional y algo con lo que se nace y con lo que se muere.
El otro día iba caminando por la calle y me crucé con un chico. Los dos llevábamos una camiseta del Deportivo. Tras mirarnos mutuamente, esbozamos una sonrisa de oreja a oreja. Porque, pese a no conocernos de absolutamente nada, ambos sabíamos que el domingo habíamos tenido una alegría inmensa: el Dépor, nuestro Dépor, era de Primera División.
