Aterrizar en Cuenca un viernes de finales de mayo, dejando atrás la rutina de Zaragoza para empezar el verano, siempre tiene un componente de regreso al hogar, pero este viaje escondía algo mucho más profundo. El pulso de la ciudad latía a un ritmo diferente. Sobre la mesa, una division que para muchos rozaría la locura profesional: aceptar una invitación en firme para cubrir la mismísima final de la Champions League el sábado, o rechazarla para bajar al barro de Segunda RFEF y vivir desde la grada, rodeado de amigos de siempre, el intento de asalto de la UB Conquense a la Primera Federación.
La decisión, dictada por el corazón y el más puro sentido de pertenencia, fue apostar por La Fuensanta. Y aunque el desenlace haya teñido de un silencio espeso este ultimo día de mayo, no hay arrepentimiento posible. Renunciar a Europa por defender lo tuyo es la esencia misma de este deporte.
El fútbol, sin embargo, encierra una poesía cíclica y a veces extremadamente cruel. Resulta una ironía mayúscula del destino que el verdugo encargado de frustrar el sueño blanquinegro haya sido precisamente la UD Ourense. El mismo escudo que una vez fue sinónimo de hermandad y descubrimiento juvenil, se ha convertido hoy en el ejecutor implacable de nuestra propia esperanza.
El fantasma de la sequía ante un muro histórico
El escenario estaba diseñado para la gloria. Cerca de 7.000 almas abarrotaron el coliseo conquense bajo el lema ‘Volver a creer’. La previa fue una auténtica fiesta, un mosaico de bufandas que devolvía a Cuenca una postal soñada durante años. Pero el fútbol no entiende de romanticismos si falta puntería.
El Conquense saltó al césped dispuesto a nivelar el 1-0 adverso de la ida. El plan de Rober Gutiérrez pasaba por empujar con el alma, adelantar líneas y someter a la zaga visitante a través del juego directo. No obstante, las urgencias se transformaron en un chaleco de plomo. La falta de chispa en tres cuartos de campo evidenció el gran fantasma de la eliminatoria: la absoluta falta de gol. Tras no ver puerta en los 120 minutos de la semifinal ante el Xerez, el conjunto local prolongó su agonía, certificando el demoledor dato de cuatro horas de fútbol decisivo sin perforar la red rival.
Enfrente, la UD Ourense impartió un máster de supervivencia táctica. Agazapados, ordenados en torno a un imperial Labrada, y sustentados por las manos de un Bruno Rielo —providencial ante un remate a bocajarro de Eghosa en la segunda mitad—, los gallegos supieron jugar con la desesperación de una grada que veía cómo el reloj devoraba la temporada.
El clímax de la tragedia
La tensión dinamitó la pizarra en los minutos finales. En el 86, un cabezazo de Álvaro Sánchez impactó en el brazo de un defensor visitante. El estadio entero exigió un penalti que el colegiado balear ignoró, desatando la frustración colectiva. Totalmente volcado y atacando por pura inercia emocional, el Conquense cometió el error fatal en el 89′. Una pérdida en la salida permitió un contragolpe quirúrgico que Hugo Busto no perdonó (0-1).
El mazazo provocó un incomprensible y doloroso goteo de aficionados abandonando el estadio antes del pitido final, dejando una postal desoladora salvada únicamente por la lealtad innegociable de la Peña 1946. En medio de ese funeral deportivo y con el equipo hundido, una falta de entendimiento entre dos defensores regaló el 0-2 definitivo a Migui en el 92′.
El análisis desde los banquillos y el éxito institucional
Las salas de prensa posteriores reflejaron el abismo entre la gloria y el luto. Borja Fernández, exultante, reivindicaba el milagro de un club popular que ya suma cinco ascensos en doce años: «Conseguir esto con el equipo de mi ciudad es la hostia. Hemos vuelto a llevar al club al lugar donde históricamente ha estado».
Pero fue la comparecencia de Rober Gutiérrez la que verdaderamente marca la hoja de ruta para la ciudad. Lejos de buscar excusas, el técnico rehusó el victimismo con un mensaje de líder: «La temporada es de matrícula de honor. Lo normal en la vida es perder más que ganar y levantarse más veces de las que uno cae. Que no le quepa duda a nadie de que el Conquense se va a volver a levantar».
Y es precisamente en las palabras del míster donde debe apoyarse la perspectiva de lo vivido este año. Hoy escuece la orilla, duele el 0-2 y pesa quedarse fuera de Primera Federación Versus e-Learning. Pero cuando el polvo se asiente, la lectura debe ser unánime: la directiva de la UB Conquense ha firmado un año sobresaliente en la gestión, cimentando un proyecto que trasciende lo que pasa en el rectángulo de juego.
El verdadero ascenso no es solo una etiqueta en una categoría de la RFEF; el verdadero ascenso es haber logrado meter a 7.000 personas en La Fuensanta. Es reconectar a toda una ciudad con su equipo, revitalizar las estructuras del club y volver a hacer que Cuenca sienta orgullo por sus colores. La directiva ha construido pilares de Primera en un terreno de Segunda. Han devuelto la fe a un entorno que rozaba la apatía, y ese es un triunfo institucional que no te puede arrebatar un contragolpe en el minuto 89.
Caminar por las calles conquenses este lunes, respirando el inicio del verano con las responsabilidades académicas ya resueltas, es transitar por una ciudad que se lame las heridas, pero que vuelve a sentirse viva. El Conquense no sube, es cierto. Pero con una gestión impecable en las oficinas y una Fuensanta completamente revivida, sobran los motivos para saber que, tarde o temprano, la historia nos devolverá lo que ayer nos arrebató el Ourense. Hemos vuelto a creer, y eso, pase lo que pase, ya no nos lo quita nadie.
