El equipo de Romerito, carente de personalidad, se estrella contra el Águilas ante su afición.
De poco bastaron las 3.000 almas que acudieron al Ciudad de La Línea en auxilio de su club. Los precios populares (todas las entradas a menos de 5 euros) y un horario benévolo convencieron a los aficionados balonos para ir el pasado domingo a animar a los suyos. Sin embargo, el poco coraje y la falta de ambición que mostraron los blanquinegros en todo momento no tardaron en desesperarlos, y el descontento se hizo patente al acabar el partido. La Balona sigue sin ganar en casa este 2025. Con cada desastre que se consuma en el remodelado estadio, los linenses asimilan su destino: solo un milagro les haría permanecer en Segunda RFEF la próxima temporada.
Un equipo desalmado.
No hizo falta el pasar de muchos minutos para que la Balona lo dejara claro: ni había cambiado el estilo de juego, ni iba a estar a la altura de las circunstancias en cuanto a sudor y agallas. Romerito, seguramente por impotencia ante el catastrófico panorama, no ha cambiado mucho el juego de la Recia en sus dos semanas como entrenador. Los blanquinegros jugaron al pelotazo durante todo el partido, desordenados y sin poner en el aire ningún balón largo capaz de descolocar a la zaga visitante. Balones largos que, sorpresivamente, eran esperados por Dani Villa: delantero centro que arrebató la habitual titularidad a Jack Harper… solo hace falta ver la diferencia en estatura de ambos para imaginarse el disenso táctico del que sufre la Balona.
A falta de cerebro, tampoco se usó el corazón. Los murcianos, en busca de puntos que los hagan soñar con el play-off, lucieron un impetuoso coraje que contrastó con el pasotismo local. No obstante, por desmedido, casi les supone la inferioridad numérica apenas pasados 20 minutos. Joel Rodríguez, teniendo ya apuntada una amarilla, se jugó la expulsión con una entrada de esas que, por reglamento, valen la doble cartulina. El árbitro optó por pasar la mano y no romper el partido.
El Águilas dominó el partido.
Los visitantes, a pesar de no tener un juego brillante, demostraron más picardía que la Balona. Al contrataque se hicieron fuertes, y explotaron las debilidades de un bloque anfractuoso. Los cambios, tardíos, no transformaron (para sorpresa de nadie) a la Real Balompédica Linense. Los aguileños enlazaban ofensivas más que amenazantes para Álex Lázaro y, en una de ellas, Hyeon Jun Park se atrevió a disparar de media distancia. Ni siquiera la fortuna dio un respiro a la Balona, y tras rebotar en un defensor, el cuero golpeó la red.
Con el 0-1 en el videomarcador, los albinegros se amedrentaron. La defensa, torpe y lenta, sufrió de lapsus incomprensibles que casi terminan por ahogar al conjunto local. En velocidad, cualquier balón era ganado por los murcianos y, haciendo verónicas en el área, abrían huecos para culminar sus jugadas. Los conceptos de control y pase fueron desaprendidos por los 11 jugadores que se jugaban la permanencia. El único disparo a portería de los balonos llegó tarde y quedó en nada. El Águilas esperaba cómodo atrás: el botín, para un equipo que venía de haber jugado el miércoles, era suficiente.
Un punto de inflexión histórico.
En La Línea se habla cada vez más de ‘la peor balona de la historia’. Dicha afirmación no deriva de las desvirtuadas declaraciones que un aficionado indignado pueda hacer en los aledaños del estadio al término de un partido, sino de una realidad ineludible: la Balona se agarra a un milagro. El milagro no ha llegado ni con precios populares ni con llamamientos a la afición: el domingo que viene las entradas volverán a precio normal. La última jornada, programada contra el líder en casa, posible día de la tragedia, verá a un estadio mustio y desapegado.